viernes, 28 de agosto de 2009

Mitin de Indalecio Prieto en Cuenca

Este mitin se celebro el 1.5.1936 en una ciudad que en ese momento padecía graves disturbios de orden público que tenia atemorizada a la derecha de la ciudad, de amplia tradición caciquil. El mismo Prieto la llamó: “Cuenca, este cabron nido de caciques”. Azaña iba a ser nombrado presidente de la Republica en sustitución de Niceto Alcala-Zamora, y Prieto tendría la oportunidad de ser presidente de gobierno. El discurso se interpreta pues como un oficioso programa de gobierno del futuro candidato. El discurso tuvo una amplia aceptación, pero no por la izquierda socialista, encabezada por Largo Caballero, que finalmente impidió que Prieto fuera presidente del gobierno, negándole su apoyo.

Enlaces de interés son:
Indalecio Prieto en Cuenca. Angel Luis López Villaverde
Prieto se acerca a la Falange, de ¡Jose Antonio Primo de Rivera¡

No he podido conseguir el texto completo del discurso y reproduzco un extracto publicado por Andres Saborit en “Semblanza de Indalecio Prieto



Ha desaparecido de la candidatura de Cuenca el nombre del general Franco. Yo me felicito sinceramente de tal desaparición. He leído en la prensa manifestaciones de ese general según las cuales su nombre se incluyó en la candidatura por Cuenca contra su voluntad, sin su autorización. No tengo por qué poner en duda la sinceridad de esas manifestaciones, aun que he de decir también, no pudiendo recatar la sinceridad mía, que hubiera preferido que esa rectificación del general Franco se hubiera producido con anterioridad al justo acuerdo de la Junta provincial del Censo que lo eliminó de la candidatura. No he de decir ni media palabra en menoscabo de la figura del ilustre militar. Lo he conocido de cerca, cuando era comandante. Le he visto pelear en África, y para mí, el general Franco, que entonces peleaba en la Legión a las órdenes del hoy también general Millán Astray, llega a la fórmula suprema del valor, es hombre sereno en la lucha. Tengo que rendir este homenaje a la verdad.
Ahora bien, no podemos negar, cualquiera que sea nuestra representación política y nuestra proximidad al Gobierno -y no lo podemos negar porque al negarlo sobre incurrir en falsedad, concluiríamos por patentizar que no nos manifestábamos honradamente-, que entre los elementos militares, en proporción y vastedad considerables, existen fermentos de subversión, deseos de alzarse contra el régimen republicano, no tanto por lo que el Frente Popular supone en su presente realidad, sino por lo que, predominando en la política de la nación, representa como una esperanza para un futuro próximo.
El general Franco, por su juventud, por sus dotes, por la red de sus amistades en elejército, es hombre que, en momento dado, puede acaudillar con el máximo de probabilidades -todas las que se derivan de su prestigio personal-, un movimiento de este género.
No me atrevo a atribuir al general Franco propósitos de tal naturaleza. Acepto íntegra su declaración de apartamiento de la política. ¡Ah!, pero lo que yo no puedo negar es que los elementos que, con autorización o sin autorización suya, pretendieron incluirle en la candidatura de Cuenca, buscaban su exaltación política con objeto de que, investido de la inmunidad parlamentaria, pudiera, interpretando así los designios de sus patrocinadores, ser el caudillo de una sublevación militar. Si esto es así, y su evidencia resulta mayor después de las declaraciones del general Franco, ¿qué valor tienen las protestas de legalidad que constantemente vienen formulando, cuando menos en el Parlamento, las fuerzas de derecha? Si las fuerzas de derecha, en vez de reñir la batalla en el terreno limpio de las ideas, buscan cobardemente un caudillo militar que provoque una subversión y que se ponga al frente de ella, ¿qué valor atribuir a las manifestaciones de sus líderes? ¿No pierden, en realidad, toda virtud sus palabras, cuando éstas no resisten siquiera el primer choque con los hechos dimanados de su conducta? ¿Qué se busca aquí? A través de una provincia, cuya ciudadanía se supone reducidísima por el sometimiento de la masa general de los electores a las personas que mantienen un régimen caciquil, se busca la investidura parlamentaria para un caudillo militar. El problema tiene, a mi juicio, gravedad extraordinaria en las presentes circunstancias y por eso paro mi atención en él...

A medida que la vida pasa por mí, yo, aunque internacionalista, me siento cada vez más español. Siento a España dentro de mi corazón, y la llevo hasta en el tuétano mismo de mis huesos. Todas mis luchas, todos mis entusiasmos, todas mis energías, derrochadas con prodigalidad que quebrantó mi salud, los he consagrado a España. No pongo por encima de ese amor a la patria sino otro más sagrado: el de la justicia...

E1 gobernante es, por lo común -salvo aquellos excepcionalismos que aparecen nimbados por la aureola de la Historia, y que lo son en número muy reducido-, un hombre débil, entregado al oleaje de las pasiones populares, y muchas veces sin fortaleza para empuñar firmemente la caña del timón y conducir la nave al puerto de salvación.
¿Seremos capaces de construir España? Tengo mis dudas; mas estas dudas no llegan,aun siendo algunas de ellas muy profundas, a anular la claridad de mi optimismo. Podremos ser capaces. Yo, observador -no imparcial ni sereno, porque no puedo serlo, sino apasionado- de la vida política de mi país, me explico perfectamente, aunque no los justifique, los espasmos de la violencia a que se han podido entregar desde el triunfo del Frente Popular sectores o grupos del proletariado. Eso tiene una explicación, y en la explicación brota, como el agua del manantial, la responsabilidad de las clases directoras españolas. Ha habido excesos, ha habido desmanes. No cumple a hombres de mi formación ni de mi experiencia alentarlos. No lo hago. Me los explico simplemente y digo que la responsabilidad surge de las provocaciones constantes e hirientes de quienes no quieren someterse a la voluntad popular tan limpiamente manifestada en los comicios el 16 de febrero...
Si mi voz se oye fuera de aquí diré para vosotros y para quienes estando fuera de aquí reciban el eco palpitante de mis palabras: ¡Basta ya! ¡basta ya! ¿Sabéis por qué? Porque en esos desmanes, cuya explicación os he dado, no veo signo alguno de fortaleza revolucionaria. Si lo viera, quizá lo exaltase. No, no. Un país -conste que mido bien mis palabras- puede soportar la convulsión de una revolución verdadera. Tras ella, si el fracaso surge, el régimen contra el cual se ha combatido, que, al fin y al cabo, es un sistema, defectuoso o no, se ha fortalecido, si quienes están al frente del Gobierno, despojándose del hábito ancestral de la crueldad, saben reprimirlo dentro de los estrictos límites jurídicos y con humanitaria benevolencia...
La convulsión de una revolución, con un resultado u otro, la puede soportar un país; lo que no puede soportar un país es la sangría constante del desorden público sin finalidad revolucionaria inmediata; lo que no puede soportar una nación es el desgaste de su poder público y de su propia vitalidad económica, manteniendo el desasosiego, la zozobra y la intranquilidad. Podrán decir espíritus simples que este desasosiego, esta zozobra esta intranquilidad, la padecen sólo las clases dominantes. Eso a mi juicio, constituye un error. De ese desasosiego, de esa zozobra y de esa intranquilidad, no tarda en sufrir los efectos perniciosos la propia clase trabajadora, en virtud de trastornos y posibles colapsos de la economía, porque la economía tiene un sistema a cuya transformación aspiramos, pero que mientras subsista hemos de atenemos a sus desventajas, y entre ellas figura la de reflejar dolorosamente sobre los trabajadores la alarma, el desasosiego y la intranquilidad de las clases dominantes.
Lo que procede hacer es ir inteligentemente a la destrucción de los privilegios, a derruir la cimentación en que esos privilegios descansan; pero ello no se consigue con excesos aislados esporádicos, que dejan por toda huella del esfuerzo popular unas imágenes chamuscadas, unos altares quemados o unas puertas ennegrecidas por las llamas. Yo os digo que eso no es revolución. Porque el fascismo necesita de tal ambiente; el fascismo, aparte todos los núcleos alocados que puedan ser sus agentes ejecutores sin detenerse siquiera ante la vileza de la alevosía, no es nada por sí, si no se le suman otras zonas más vastas del país entre las cuales pueden figurar las propias clases medias, la pequeña burguesía, que viéndose atemorizada a diario y sin descubrir en el horizonte una solución salvadora, pudiera sumarse al fascismo... Por ahí ni se va a la consolidación de la democracia, ni se va al socialismo, ni se va al comunismo; se va a una anarquía desesperada, que ni siquiera está dentro del ideal libertario; se va a un desorden económico que puede acabar con el país. Nosotros tenemos que ofrecer al régimen nuevo que implante la justicia social, no un país en ruinas, sino una España floreciente y vivificada por nuestro amor.

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